En una sociedad democrática, el dominio de la palabra hablada no es un lujo, sino la herramienta imprescindible para el trabajo y para las relaciones. En cualquier situación, el que sabe comunicarse aventaja a los demás: La imagen propia, y la de la empresa o institución que se representa, se ponen en juego a la hora de tomar la palabra. El dominio de la expresión en público confiere una gran seguridad personal; vence a la timidez, que cierra tantas posibilidades en la vida; aumenta la vitalidad; actúa como una verdadera psicoterapia, superadora de complejos y limitaciones; produce una gratificante sensación de libertad.